El ocaso de la verdad

 


Los días son cada vez más cortos, ni el sol se anima a brillar por mucho tiempo. Será que las voces no tienen nada para decir o el tumulto esconde fatalidades. La vida tiene esos matices, a veces lluvia, otras la calidez de la primavera. Nunca sabe lo que puede dar; sin embargo, algunos no la conocen o le escapan. Qué más quisiera el mundo que habite el ciego, pero también el cobarde. Ahí sigue de pie, ella esperando, triste como una margarita que se va deshojando. Los campos no tienen sembradores, solo espantapájaros que visitan a la familia cada tanto o por alguna urgencia. Pero después todo queda como el maizal, arrasado por las aves que esperan el momento. Eso es el alma de la hipocresía, que viene para no estar y se va para no parecer.

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