Los grises
Siempre llevaban el mejor aroma, pero su sombra era como el humo.
Trajes de seda de barro, los ojos saltones de ponzoña.
Los hijos no les reclamaban, el frío de los fuertes.
No conocían el silencio de la noche, resquebrajada por la luna.
Son grises; no tienen oscuridad pero tampoco luz.
Son muy difusos, extraños de su propia conciencia.
Lo que puedo ver es sus ojos de desprecio —no lo vi nunca—;les hablo de ello, pero tienen los oídos como arena en un reloj.
Me hacen reír, no podrán saltearse la ventana de la nada.
Como carbón en un hogar, el rojo los tapará de hielo.
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